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El poder de volverte invisible cuando ya no sos parte del sistema

Una secuencia, la del ingreso del Gabriela Michetti al Congreso minutos antes de la jura del nuevo presidente, desnuda mejor que cualquier análisis político cómo funciona el poder, y cómo desaparecés de escena cuando ya no sos necesario.

La política debería ser la actividad -en realidad la ciencia, pero estamos muy lejos de eso- que organice nuestra sociedad con el objetivo de afectar positivamente al mayor número de personas posible. Ésa es una definición bien general y superficial de lo que debería ser la política.

Sin embargo, todo se va al carajo cuando vemos lo que hacen los actores que participan de la misma.

No te voy a explicar a vos los resultados de las acciones tomadas por nuestros dirigentes, porque vos los conocés mejor que nadie y porque los sufriste casi desde el primer día. Tampoco te voy a explicar cómo los que ejecutaron esas medidas lograron poco a poco acumular el poder necesario para imponerlas, sostenerlas, ejecutarlas y sobre todo convencerte a vos y a los representantes propios y ajenos, de que eran medidas necesarias e impostergables.

INGRESO ALBERTO FERNANDEZ MICHETTI CRISTINA FERNANDEZ DE KIRCHNER

El poder busca al poder. Y apoya al poder, sin importar qué haya entre medio ni qué consecuencias tenga. Preguntale a los muchachos que en los primeros años se dejaron embelesar por el mejor equipo de los últimos 50 siglos, y que después han tenido que hacer piruetas acrobáticas para volver a acomodar la carga.

Pero de la misma manera, cuando el eje de poder entra en crisis, cuando se le apaga ese imán que ordenaba todos los vectores, cuando se desvanece el magnetismo de quienes están en la cresta, ahí también se vuelve visible cómo funcionan las cosas. No importa los actores. Importa el sistema. Eso no se mancha.

Cuando el eje de poder entra en crisis, cuando se le apaga ese imán que ordenaba todos los vectores, cuando se desvanece el magnetismo de quienes están en la cresta, ahí también se vuelve visible cómo funcionan las cosas. No importa los actores. Importa el sistema. Eso no se mancha

Yo quedé particularmente impactado con lo que pasó con Gabriela Michetti el martes pasado, cuando todavía era vicepresidenta, pero fundamentalmente –y esto no ha cambiado- cuando todavía era persona.

El ingreso de Michetti al Congreso me resulta penoso. No por ella. Por el resto.

Son unos segundos durante los cuales avanza por una fila de autoridades que estaban ahí dentro del acto protocolar para recibirla a ella junto a Alberto Fernández y Cristina Kirchner. Pero de pronto Michetti se vuelve invisible. Insivible, te digo. No la registran. No la ve nadie. Ni Negri, que es de su propio partido, ni toda la fila del besamanos que acompañó ese ingreso.

Ella mira a los ojos y se detiene ante cada una de las personas de esa fila que se le volvió interminable. Pero nadie la saluda. Nadie la mira. Ni si quiera por respeto, o al menos por protocolo.

Pasó a ser la nada misma. Fue vacío, indiferencia, desprecio. Se le acabó la magia.

Eso es el sistema de poder. Ahí quedó expresado con la perfección que no lograría la mejor columna política ni el mejor análisis. El poder es demasiado generoso y demasiado cruel. Generoso porque de pronto te da todo. Cruel porque al caer en desgracia te condena a ser invisible.

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