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"La pandemia no es democrática, ha potenciado las crisis y desigualdades"

El historiador especialista en Estudios Urbanos Joaquín Perren analiza el impacto que ha tenido la situación actual en aquellos sectores más vulnerables y cómo se evidenciaron injusticias sociales desde aspectos económicos, educativos y hasta del acceso a la salud.

El nuevo mundo que nos toca vivir a partir del Covid-19 sigue sin igualarnos. Quienes más tienen y aquellos que deben pelearla día a día para subsistir no se encuentran en las mismas condiciones. Al contrario, el esfuerzo de los sectores más humildes debe ser mayor, considerando que la pandemia les impacta desde varias aristas. En este marco, el historiador especialista en estudios urbano Joaquín Perren analizó el contexto de injusticia que se ha generado a partir de la pandemia, considerando que no se trata de una crisis que se enfrenta de manera democrática. Se refiere al impacto que ha tenido la epidemia en las economías informales y a las desigualdades que se han evidenciado y potenciado tanto en el acceso a la salud como en el desarrollo de la educación.

En diálogo desde Neuquén, Perren también analizó cuáles han sido las ciudades que mejor encararon el contexto actual y cómo se debería pensar el futuro de la urbanización.

- ¿Este contexto de pandemia ha hecho más evidentes y potenciado las desigualdades?

- Sí, por eso me parece importante problematizar este discurso que se ha instalado con mucha fuerza en los medios de que la epidemia es democrática y, como tal, debemos superar la grieta para enfrentarla. Si uno ve los efectos que tiene la pandemia en la sociedad, no sólo que no es democrática, sino que entiende de clases sociales y de territorios. La epidemia no es ciega en términos socioespaciales, no opera en el vacío, sino que se asienta en determinados patrones de segregación.

En este sentido, Perren consideró que, “si bien los primeros casos se concentraron en los centros de nuestras ciudades, a los efectos más dramáticos los vemos en la periferia, porque no se puede respetar el distanciamiento por causa del hacinamiento y porque impacta el parate de la economía” y agregó: “Si algo está mostrando la epidemia es el elevado grado de informalidad de nuestra economía, de ese polo social marginal que no entiende de ciclos económicos o políticas sociales proactivas, ese núcleo duro de la pobreza”.

- Más allá del respeto a las medidas de cuarentena que puede haber habido en cada sector particular de las grandes ciudades, quienes vivían de la “changa”, de lo que se ganaba en el día a día, sufrieron mucho la falta de trabajo en un comienzo.

- Por supuesto, el “quedate en casa” tiene efectos diferenciales en función de la actividad económica y el lugar donde vive la persona, no es igual esa indicación para alguien que tiene empleo y vive en el centro que para quien vive en un asentamiento hacinado y vive de la economía informal. La epidemia entiende de grupos sociales y opera sobre determinados patrones de segregación.

- Tampoco es democrática en los tratamientos de cada persona, más allá de que en la teoría todos pueden contar con la atención médica. De hecho, en un comienzo hubo escasez de respiradores porque fueron comprados todos por particulares.

- Obvio, si hay algo que ha demostrado esta epidemia es cuán desiguales son nuestras sociedades. Mucho antes de que empiece el primer brote en Wuhan (China) el mundo se había vuelto un lugar particularmente injusto, el 1% más rico se apropiaba del 50% de la riqueza y el 90% más pobre sólo se apropia del 10% de la riqueza. Eso no hizo más que agudizarse en el marco de la pandemia, quedó expresado en toda su dimensión.

Hacia los espacios rurales

Perren señaló que uno de los temores que se ha originado en el marco de la pandemia fue el traslado del virus a los sectores rurales a partir de quienes se desplazaron desde las grandes ciudades a sus casas de descanso. “Es un problema que ya se vio en la gripe española del 18, cuando las familias de más poder adquisitivo que vivían en las ciudades se iban a sus casas de fin de semana y llevaban el virus con ellos, no hacían más que expandir la epidemia a geografías que hasta ese momento la desconocían. Es un riesgo muy grande el de pensar a la ruralidad como un espacio libre de tensiones, igualitario, donde no existen enfermedades”, comentó.

Indicó, además, que esta movilidad de la ciudad al campo, con el caso más paradigmático en Marcelo Tinelli y su intención de pasar la cuarentena en Esquel, “no deja de ser un problema, de ser una cuestión delicada desde el punto de vista epidemiológico”, precisó y destacó que con el traslado de mucha población se descubrieron varios peajes clandestinos “para sortear los retenes, personas que abrieron sus estancias para que otros pudieran irse a la costa o su casa de fin de semana”, recordó.

Por otra parte, Perren consideró que la pandemia demostró lo contradictoria que es la urbanización contemporánea: “Es algo que vemos en diferentes aspectos: por un lado en la densidad, que colabora en la transmisión de enfermedades y no nos permite tener esa densidad en economías de escala que resuelven los problemas que debemos afrontar como sociedad, o da servicio de manera eficiente como la luz, el gas o los desagües y genera masas críticas que son fundamentales para enfrentar la epidemia, como las comunidades científicas”, puntualizó. Explicó, en este sentido, que las grandes ciudades son las más afectadas por la pandemia, pero por su tamaño albergan los centros científicos que están trabajando con vacunas y test más eficientes.

Manifestó que, a la vez, “la epidemia muestra por debajo lo desigual que es la sociedad, lo importante que es la informalidad de las economías y, a la vez, nos da una plataforma sobre la cual reivindicar derechos, hay muchos estudios que señalan que las comunidades periféricas más organizadas son las que mejor están sobrellevando la pandemia: mejor utilizan la ayuda del Gobierno, tienen más grado de innovación social con merenderos, radios comunitarias y sistemas de monitoreo”. Subrayó que allí se da una contradicción entre la ciudad que excluye pero no deja de ser transformadora, por lo que sostiene que debe aprovecharse este contexto para problematizar el concepto de resiliencia. “Se dice que la crisis puede traer cosas buenas, pero la experiencia muestra que las comunidades organizadas antes de la pandemia son las más resilientes, es decir, no es resultado del coronavirus, sino de experiencias organizativas previas, que fueron base de procesos de empoderamiento”, dijo el especialista.

- ¿Qué sucede en lo relativo a la educación? ¿Allí también se evidenciaron las desigualdades?

- Por un lado se ven prácticas docentes innovadoras, nuevas formas de conectarse con los estudiantes que antes ni se imaginaban: grupos cerrados de Facebook, Zoom, canales de video de YouTube, nos hizo docentes más creativos. Pero ese compromiso de educación mediada por la tecnología se vuelve en deserción para quien no tiene buena conectividad y quien no dispone de dispositivos adecuados. No hay que olvidarse que en Argentina 1 de cada 4 hogares no tiene acceso a internet y detrás de eso se oculta una brecha digital gigante. Hay provincias que tienen un muy bajo acceso a la red y otras que están siguiendo cánones del primer mundo; esto no sólo refleja las asimetrías propias del país, sino que constituye un mecanismo efectivo en la reproducción e intensificación de esas desigualdades.

Empeorar la crisis

El especialista destacó que la pandemia no ha sido causante de las crisis por las que atraviesa el país, sino que la ha intensificado, “menos lo es la cuarentena, pero sí profundiza la crisis que hay a nivel mundial que llevaba varios años en marcha”, apuntó Perren.

- ¿Estas desigualdades evidenciadas en Argentina se reproducen en otros países del mundo?

- Mucho antes del primer brote el mundo ya era un mundo desigual, quizás es la muestra más palpable de los procesos de neoliberalización, urbanización del capital, esas economías que volvieron a las crisis un modo de vida, que comenzaron a crecer a tasas muy bajas y dejaron brechas cada vez más extensas. Nada de todo esto es resultado de la pandemia, son fenómenos que se venían cocinando a fuego lento desde hace 40 años y entran en explosión con el coronavirus.

- ¿Se puede aprender de esto para considerar pautas en la urbanización hacia un futuro?

- Creo que sí, ese futuro no está escrito y puede ser bastante ambiguo. Podemos ir en un sentido de “Black Mirror” pospandémico (en referencia a la serie televisiva), donde se refuerce el control social, porque las crisis son shocks sociales que pueden servir a la antesala de nuevas formas de autoritarismo, como se hace referencia a la “dictadura del algoritmo”, donde las redes nos dicen qué consumir. Pero también creo que la pandemia nos puede dar una oportunidad para llenar de contenido a ese significante vacío que llamamos “derecho a la ciudad”. Creo que nos sirve para pensar las ciudades del siglo XXI, al menos tratar de ver cuáles son los mecanismos que producen y reproducen las desigualdades urbanas. Creo que tenemos que ir a ciudades para la gente y no para el automóvil, ciudades con escala humana, de cercanía, de vecindad, donde todo quede más o menos a 15 minutos de distancia y que a la vez sean mixtas en términos sociales. Hay que pensar en ciudades socialmente justas, que densifiquen pero incluyendo, esa sería una buena utopía para este siglo.

- Por lo pronto, muchos ya se han replanteado el estilo de vida que llevan y pensaron en cambiar algunos hábitos.

- Sí, se ha puesto de moda la bicicleta, todo el mundo la saca del lugar en la que la tenía guardada y las bicicleterías están trabajando como nunca. Creo que tenemos que pensar en medios de transporte más sustentables. Que sean más saludables para nosotros y a la vez más eficientes para el funcionamiento urbano.

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